Hablamos de pasado, como algo sacado de un solo cajón. Como abrir una carta, leer un mail, ver una foto... Un momento estático, es un pasado. Es definible en muchas dimensiones. Sin embargo esas no son características de mis recuerdos.
Hay un vacío, ese en el cual cae mi memoria tan a menudo, donde los recuerdos se mantiene en dimensiones intraducibles en medidas o magnitudes con las cuales usualmente somos capaces de comunicar. Muchas veces, los cajones están llenos sólo de sensaciones, aun no trabajadas, aun sin conceptos. Imposibles de transmitir.
Y ahí, cuando intento reconstruir el pasado en base de las primarias sensaciones, cuando los conceptos se avecinan entre las redes tejidas por percepciones muy viejas y huecos marcados por el olvido (muchas veces autoinflingido), mi imaginación no pierde tiempo para entrar en el juego.
¿Cómo controlarla, si ella tapa lo peor de mi? Aquello que olvido por defensa propia, por no recordar el monstruo que soy en esta sociedad; por poder con absoluta tranquilidad pasearme por las calles, sonriendo sin sentir culpa ni disgusto.
Así, los huecos reservados para esas ideas de antemano, mucho antes que las conciba como mías, corrompen mi perfecto mundo ( ideas que tienen prejuicios socialmente introducidos, ese bien y ese mal que de una manera limítrofe segregan mis acciones) y que con gran sapiencia, como un niño, relleno con imaginación, con sorpresa y con gusto.
Entonces sin equivocarme, aquí no dejo testamento de recuerdos sin embargo, expongo una idea más remota aún; La causa primera (la cual prefiero almacenar en mi mente) de lo que bien podrían ser recuerdos o memorias.
Para poder, de esta manera revivirlo; ya que es imposible comunicarlo de manera certera; teniendo en cuenta que edifico un pasado de manera dinámica, haciéndolo eterno en el presente, tejido con inocencia y buena fe; para vivir tranquila sin olvidar.
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